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viernes, 26 de octubre de 2018

¿MÉXICO ES TOLERANTE?




Eduardo Martín Piedra


Recién leía una columna que decía que tolerancia y pluralidad van de la mano, al menos en todo occidente. Carlos Tello decía en ese texto que

Al surgir la conciencia de la pluralidad, surgió también la tolerancia, o su contrario: la intolerancia. En este sentido, la primera fue —es— una condición de la segunda. La pluralidad es un hecho, no un valor. Los individuos y los pueblos tienen, en efecto, ideas muy diversas —a veces contradictorias— sobre el bien y el mal. (Tello, 1997)

Hace muchos años, en tiempos de la revolución cristera varios grupos de católicos manifestaron ser victimas de la represión en el Estado. Dijeron que su libertad de culto y su libertad misma había sido reprimida. En ese momento tenían razón. Era innegable la acción de censura que el estado mexicano había tomado.  Era rotundamente necesario que defendieran su libertad y gracias a eso lo consiguieron.  Ahí el estado NO era ni plural, ni tolerante.  Era por mucho, la primera vez que un grupo cristiano había sufrido en carne viva la intolerancia. Pues con llegada del cristianismo a la mayoría del continente americano se establecieron sus dogmas como únicos. Como prueba, basta recordar la figura de la inquisición, quien era una institución intolerante con otras religiones y prácticas.  

Terminada la etapa cristera -y en el trance de una reconstrucción de identidad nacional- el cristianismo en México se mantuvo encendido y sobre todo poco cuestionado. Hubo distintos grupos religiosos que llegaron a establecerse al país y no hubo mayor disturbio. La situación se comienza a agudizar por ahí de la década del sesenta y setenta con surgimiento de la revolución sexual.  El arribo de movimientos de estilo hippie y la llegada de la segunda ola del feminismo en toda Latinoamérica puso en jaque las formas de planificación familiar planteadas bajo el dogma cristiano, la idea de tener los hijos que dios nos de comenzó a ser sustituida por la posibilidad de que las mujeres emanciparan sus cuerpos y comenzaran a cuestionar sobre el numero de hijos que querían o podían tener. En ese momento los católicos pegaron el grito en el cielo con la llegada del condón y la píldora anticonceptiva, pues de una u otra manera era una forma de alterar el orden monolítico plateado por ellos. Gracias a Dios y al paso del tiempo ese debate fue superado.

Ahora en épocas más contemporáneas y con el postulado feminista de la posibilidad de que las mujeres aborten, el debate sobre la vida, sexualidad y salud reproductiva se vuelve a abrir. Las disputas por parte de quienes están en favor de que las mujeres decidan sobre sí mismas y busquen la asistencia que el Estado les debería brindar han innovado su discurso con la búsqueda de argumentos nuevos que generen discusiones diversas. Y no sólo eso, si no que también se han unido a este tipo de debates otras minorías tales como los movimientos de las chicas trans y demás personas de la comunidad LGBTTTI quienes también abogan por la búsqueda de igualdad de derechos, condiciones y oportunidades para quienes han sido violentados con discriminación y homofobia.


 Quienes se oponen a esto regularmente argumentan que tienen derecho a pensar distinto y que eso es plural y diverso, sin contar las estrategias que en ocasiones tildan de perversas como el tergiversar la información o buscar por otros medios la censura en espacios públicos.

En principio, la búsqueda de estas exigencias por parte de las mujeres y demás colectivos de la población da cuenta de una nueva configuración societal dentro de México, es decir, el abanderamiento de estas nuevas luchas significa una propuesta de pluralidad que México no había tenido durante mucho tiempo, y que ahora se pueda hablar de matrimonio igualitario, de aborto y de otras causas es resultado de la pluralidad y la democratización de ciertos espacios. Mientras que el argumento de la banca católica responde, no sólo a una época pasada, sino que además ignora (a manera de resistencia) este cambio societal, y esto los obliga a ser poco innovadores y refugiarse sólo en decir que estan siendo intolerantes con ellos.  A la luz de todo esto resulta por mucho imparcial.  Pues resulta que estos - los católicos- han tenido la batuta de lo que es plural y lo que no, desde tiempos coloniales. 

Desde de este punto la disputa central gira en torno a lo que es tolerancia y sus implicaciones.  Es menester decir que la palabra Tolerancia tiene dos caras:

La primera tiene que ver si atendemos al significado del verbo “tolerar”, éste lo hallamos en clave negativa: aguantar, soportar, resistir, sufrir, consentir, permitir, etc. El acto de tolerancia presupone, primeramente, la existencia de razones para no admitir una acción, una ideología o una creencia. Por otro lado, el concepto en su cara positiva tiene que ver con una actitud caracterizada por el esfuerzo para reconocer las diferencias y comprender al otro, es decir, reconocer su derecho a ser distinto. (Beltrán, 2004)

Además, esto se hace más complejo cuando no sólo se trata de opiniones simples o debates cortos como el no estar de acuerdo en que comer hoy con los amigos o cual cigarrillo elegir, si no cuando se trata de problemas de convivencia respecto a las minorías, en donde salen a la luz comentarios que resultan producto de prejuicios y estereotipos.  Tal como el caso que la presente columna atiende, el problema de interpretar el sentido positivo de la palabra tolerancia es más complejo que sólo permitir el pensar diferente, de hecho, resulta bastante reduccionista cerrar el debate a justificar que simplemente son ideas que pretenden ser impuestas, en tanto se contraponen con experiencias que grupos sociales minoritarios han vivido y que legitiman sus causas.

De la misma manera. La tolerancia no puede ser nunca absoluta ni incluir cualquier tipo de conducta, ya que entonces los fanáticos y los intolerantes intentarían imponer sus convicciones por la fuerza y sin respetar el Estado de derecho ni las libertades individuales (Baigorri Goñi et al, 2000, pp92)

Ya no estamos en épocas de la inquisición, ni en la censura contra la iglesia como el México de inicios del siglo pasado. Ahora nos enfrentamos no sólo la pluralidad de ideas, sino de formas de vida, de concebir el mundo, en buscar soluciones distintas, en manifestar sexualidades distintas.  Ahora los retos son más complejos que antes. La bancada religiosa tiene que hacer una pausa y repensar en que su derecho a ser distintos no tiene sólo que ver con puntos de vista, sino que influye en las formas de vida de otros, tal como ha pasado durante mucho tiempo. Así como las minorías tienen también que buscarse a sí mismas y pensar en otras estrategias que no sirvan de puente para que otros desvirtúen sus causas.

En México necesitamos hablar de Tolerancia y con ello de todas las implicaciones. Necesitamos transitar ese callejón que aprisiona el debate y comprender los límites que tienen ciertas posturas. Es ese justo el problema, México no es tolerante. La pluralidad existente en el país resulta relativamente novedosa y hasta amenazante a aquellos grupos que hasta hace no mucho estaban acostumbrados a la homogeneidad en sus postulados y dogmas. Desde la época cristera y hasta ahora el orden relacionado con la vida había sido poco cuestionado. Si no nos acostumbramos a ver la tolerancia como una practica y no como una excusa jamás lograremos transitar a una sociedad más justa.

Baigorri Goñi et al., (2000) Los derechos humanos: un proyecto inacabado, Madrid, Ediciones del Laberinto, 2000, p. 92.
Beltrán Gaos, Mónica. (2004). Tolerancia y derechos humanos. Política y cultura, (21), 179-189. Recuperado en 25 de octubre de 2018, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0188-77422004000100012&lng=es&tlng=es.
Tello Díaz, C (1997) Pluralidad y Tolerancia en Nexos, consultado el 25 de octubre de 2018. Disponible en: https://www.nexos.com.mx/?p=8331


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