¿MÉXICO ES TOLERANTE?
Eduardo Martín Piedra
Recién leía una columna
que decía que tolerancia y pluralidad van de la mano, al menos en todo
occidente. Carlos Tello decía en ese texto que
Al surgir la conciencia
de la pluralidad, surgió también la tolerancia, o su contrario: la
intolerancia. En este sentido, la primera fue —es— una condición de la segunda.
La pluralidad es un hecho, no un valor. Los individuos y los pueblos tienen, en
efecto, ideas muy diversas —a veces contradictorias— sobre el bien y el mal. (Tello,
1997)
Hace muchos años, en
tiempos de la revolución cristera varios grupos de católicos manifestaron ser
victimas de la represión en el Estado. Dijeron que su libertad de culto y su
libertad misma había sido reprimida. En ese momento tenían razón. Era innegable
la acción de censura que el estado mexicano había tomado. Era rotundamente necesario que defendieran su
libertad y gracias a eso lo consiguieron.
Ahí el estado NO era ni plural, ni tolerante. Era por mucho, la primera vez que un grupo
cristiano había sufrido en carne viva la intolerancia. Pues con llegada del
cristianismo a la mayoría del continente americano se establecieron sus dogmas
como únicos. Como prueba, basta recordar la figura de la inquisición, quien era
una institución intolerante con otras religiones y prácticas.
Terminada la etapa
cristera -y en el trance de una reconstrucción de identidad nacional- el
cristianismo en México se mantuvo encendido y sobre todo poco cuestionado. Hubo
distintos grupos religiosos que llegaron a establecerse al país y no hubo mayor
disturbio. La situación se comienza a agudizar por ahí de la década del sesenta
y setenta con surgimiento de la revolución sexual. El arribo de movimientos de estilo hippie y la
llegada de la segunda ola del feminismo en toda Latinoamérica puso en jaque las
formas de planificación familiar planteadas bajo el dogma cristiano, la idea de
tener los hijos que dios nos de comenzó
a ser sustituida por la posibilidad de que las mujeres emanciparan sus cuerpos
y comenzaran a cuestionar sobre el numero de hijos que querían o podían tener.
En ese momento los católicos pegaron el grito en el cielo con la llegada del
condón y la píldora anticonceptiva, pues de una u otra manera era una forma de
alterar el orden monolítico plateado por ellos. Gracias a Dios y al paso del
tiempo ese debate fue superado.
Ahora en épocas más
contemporáneas y con el postulado feminista de la posibilidad de que las
mujeres aborten, el debate sobre la vida, sexualidad y salud reproductiva se
vuelve a abrir. Las disputas por parte de quienes están en favor de que las
mujeres decidan sobre sí mismas y busquen la asistencia que el Estado les
debería brindar han innovado su discurso con la búsqueda de argumentos nuevos
que generen discusiones diversas. Y no sólo eso, si no que también se han unido
a este tipo de debates otras minorías tales como los movimientos de las chicas
trans y demás personas de la comunidad LGBTTTI quienes también abogan por la
búsqueda de igualdad de derechos, condiciones y oportunidades para quienes han
sido violentados con discriminación y homofobia.
Quienes se oponen a esto regularmente
argumentan que tienen derecho a pensar distinto y que eso es plural y diverso,
sin contar las estrategias que en ocasiones tildan de perversas como el
tergiversar la información o buscar por otros medios la censura en espacios
públicos.
En principio, la
búsqueda de estas exigencias por parte de las mujeres y demás colectivos de la
población da cuenta de una nueva configuración societal dentro de México, es
decir, el abanderamiento de estas nuevas luchas significa una propuesta de
pluralidad que México no había tenido durante mucho tiempo, y que ahora se
pueda hablar de matrimonio igualitario, de aborto y de otras causas es
resultado de la pluralidad y la democratización de ciertos espacios. Mientras
que el argumento de la banca católica responde, no sólo a una época pasada,
sino que además ignora (a manera de resistencia) este cambio societal, y esto los
obliga a ser poco innovadores y refugiarse sólo en decir que estan siendo
intolerantes con ellos. A la luz de todo
esto resulta por mucho imparcial. Pues
resulta que estos - los católicos- han tenido la batuta de lo que es plural y
lo que no, desde tiempos coloniales.
Desde de este punto la
disputa central gira en torno a lo que es tolerancia y sus implicaciones. Es menester decir que la palabra Tolerancia
tiene dos caras:
La
primera tiene que ver si atendemos al significado del verbo “tolerar”, éste lo
hallamos en clave negativa: aguantar, soportar, resistir, sufrir, consentir,
permitir, etc. El acto de tolerancia presupone, primeramente, la existencia de
razones para no admitir una acción, una ideología o una creencia. Por otro lado,
el concepto en su cara positiva tiene que ver con una actitud caracterizada por
el esfuerzo para reconocer las diferencias y comprender al otro, es decir,
reconocer su derecho a ser distinto. (Beltrán, 2004)
Además, esto se hace
más complejo cuando no sólo se trata de opiniones simples o debates cortos como
el no estar de acuerdo en que comer hoy con los amigos o cual cigarrillo
elegir, si no cuando se trata de problemas de convivencia respecto a las
minorías, en donde salen a la luz comentarios que resultan producto de
prejuicios y estereotipos. Tal como el
caso que la presente columna atiende, el problema de interpretar el sentido
positivo de la palabra tolerancia es más complejo que sólo permitir el pensar
diferente, de hecho, resulta bastante reduccionista cerrar el debate a
justificar que simplemente son ideas que pretenden ser impuestas, en tanto se
contraponen con experiencias que grupos sociales minoritarios han vivido y que
legitiman sus causas.
De
la misma manera. La tolerancia no puede ser nunca absoluta ni incluir cualquier
tipo de conducta, ya que entonces los fanáticos y los intolerantes intentarían
imponer sus convicciones por la fuerza y sin respetar el Estado de derecho ni
las libertades individuales (Baigorri Goñi et al, 2000, pp92)
Ya no estamos en épocas
de la inquisición, ni en la censura contra la iglesia como el México de inicios
del siglo pasado. Ahora nos enfrentamos no sólo la pluralidad de ideas, sino de
formas de vida, de concebir el mundo, en buscar soluciones distintas, en
manifestar sexualidades distintas. Ahora
los retos son más complejos que antes. La bancada religiosa tiene que hacer una
pausa y repensar en que su derecho a ser distintos no tiene sólo que ver con
puntos de vista, sino que influye en las formas de vida de otros, tal como ha
pasado durante mucho tiempo. Así como las minorías tienen también que buscarse
a sí mismas y pensar en otras estrategias que no sirvan de puente para que
otros desvirtúen sus causas.
En México necesitamos
hablar de Tolerancia y con ello de todas las implicaciones. Necesitamos
transitar ese callejón que aprisiona el debate y comprender los límites que
tienen ciertas posturas. Es ese justo el problema, México no es tolerante. La
pluralidad existente en el país resulta relativamente novedosa y hasta
amenazante a aquellos grupos que hasta hace no mucho estaban acostumbrados a la
homogeneidad en sus postulados y dogmas. Desde la época cristera y hasta ahora
el orden relacionado con la vida había sido poco cuestionado. Si no nos
acostumbramos a ver la tolerancia como una practica y no como una excusa jamás
lograremos transitar a una sociedad más justa.
Baigorri Goñi et al., (2000) Los derechos
humanos: un proyecto inacabado, Madrid, Ediciones del Laberinto, 2000, p.
92.
Beltrán
Gaos, Mónica. (2004). Tolerancia y derechos humanos. Política y cultura,
(21), 179-189. Recuperado en 25 de octubre de 2018, de
http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0188-77422004000100012&lng=es&tlng=es.
Tello Díaz, C
(1997) Pluralidad y Tolerancia en Nexos, consultado el 25 de octubre de 2018.
Disponible en: https://www.nexos.com.mx/?p=8331

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