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miércoles, 20 de abril de 2016

A huir del sectarismo: filias y fobias de la lucha feminista


Por: Juan Francisco Escamilla De Luna1

Hoy en día pocas luchas de emancipación tienen tantos detractores como la lucha feminista. La producción cultural que se ha erigido contra ésta es inmensa: memes, chistes y discursos, en términos generales, que han creado un consenso –mayor del que quisiera admitir– entre el grueso de la población, en el que se genera una imagen de la lucha feminista en donde éstas son “gordas que no se depilan y se rapan un lado de la cabeza y se desnudan para decirnos que todo las oprime. Han malinterpretado el feminismo y ahora quieren que todo lo que tenga pene se muera” (usando las palabras de un varón joven, heterosexual, de clase media y con educación universitaria).

Este discurso es horrible, pero seamos francos, es el dominante en gran parte de la sociedad. Y es que si bien es cierto que dice mucho que una de las principales críticas a las feministas sea su aspecto físico y/o el empoderamiento sobre el propio cuerpo que éstas ejercen, dice más que después de tantas décadas de disputar la cultura, sigamos perdiendo la batalla contra ese tipo de discursos.

Por esto, me pregunto si las/los feministas no hemos pecado de cierto sectarismo a la hora de disputar la cultura. Esto es, no es ninguna novedad decir que la lucha se nutre de los estudios de género, mismos que han logrado capitalizar muchas realidades de opresión para construir un cuerpo teórico formidable y variado que permite a muchas y muchos hablar de feminismos, en plural. El problema de esto llega al momento de materializar aquello que los estudios de género nos han enseñado, pues en ese proceso hemos tenido graves problemas para distinguir entre el discurso normativo surgido desde la crítica a la realidad, y la realidad misma que seguimos viviendo con todo lo paradójico que esto resulta: Simone de Beauvoir, Martha Lamas, Marcela Lagarde, Judith Butler, Alice y Rebecca Walker entre muchísimas más nos han enseñado bastante sobre el género como construcción social, el sexo como contenedor de privilegios o exclusión, la violencia machista como realidad estructural, el amor como espacio de violencia, etc. Pero cuando aprendemos esto, nos enamoramos del discurso feminista, y queremos usarlo sin ningún tipo de adecuación en el ejercicio cotidiano de esta lucha, topándonos a veces con lamentables casos de algunas feministas que en medio de una manifestación grita a las mujeres que no comparten la lucha: ¡Ustedes están siendo oprimidas y no se dan cuenta! (más lamentable aun cuando esto viene de un varón).

Al pasar esto, nos convertimos en izquierdistas, en el sentido del que Lenin dotaba al término: defensores de la pureza de los símbolos y principios de las y los referentes teóricos, mismos que podemos llegar a convertir en un fin en sí mismos, lo cual es un dificultad en tanto que ser izquierdista implica ser “casi siempre terriblemente minoritarios y débiles, aislados, incomprendidos e incapaces de confrontar los principios con la praxis”2.

Es bastante cómodo decirnos feministas desde el discurso. He notado que llega a ser hasta satisfactorio regañar a quienes no usan el lenguaje incluyente porque entendemos que visibilizar que existe más de un género es una acción que lucha contra esa discriminación que viene desde el idioma; decirle machista a todo aquél que haga un chiste sexista, aun sin intención política de por medio, porque esto –pensamos– es combatir al patriarcado en su forma cultural; atacar aquellos discursos que dicen que no hay que ser “ni machistas, ni feministas, mejor hay que ver por la igualdad”, porque sabemos que el feminismo lucha por la igualdad y no es el equivalente al machismo desde las mujeres… Sin embargo hay algo que no hemos querido ver, y es que la lucha avanza a una velocidad apenas superior a lo estático –y cuando avanza rápido lo hace en sentido contrario– cuando desde nuestro pedestal de superioridad moral predicamos los dogmas del feminismo, y quienes no nos quieren escuchar son las “masas serviles al patriarcado”.

Sé muy bien –al igual que la gran mayoría de quienes han leído un poco sobre estudios de género– que el discurso feminista no es un dogma, ni una superioridad moral, pero debemos ser conscientes de que o vamos entendiendo que no importa lo que nosotros sepamos, sino lo que la gente piense y perciba, o mejor pongámonos cómodos para otros mil años de violencia machista; porque las personas no leen –ni tienen por qué leer– a Martha Lamas o a Judith Butler, sino que leen/escuchan a Ricardo Alemán o Pedro Ferriz. Hay que entender de una vez la importancia reivindicar aquellos pequeños gestos progresistas como un padre cocinando, enseñándole a su hija a defenderse o motivándole jugar los deportes que quiera, una madre que se asume perfectamente capaz de salir de su casa a prepararse y ejercer cualquier rol laboral que decida, porque hasta hoy estoy convencido de que esos pequeños gestos –con todo y que quienes los realizan también tienen vicios culturales del patriarcado– hacen más por la lucha feminista que todas y todos los que en algún momento hemos sido víctimas de aquella enfermedad infantil de izquierdismo.

Ojo, que no estoy diciendo que debamos abandonar los estudios de género, sino que debemos saber distinguir cuándo, cómo y con qué adecuaciones usarlos en la lucha feminista, porque se trata de romper esos consensos que hoy día existen y subordinan a las personas a vivir la violencia machista. Y para romper esos consensos y lograr disputar los sentidos comunes como contrahegemonía necesitamos menos pureza académica y más táctica comunicativa que nos permita construir agregadores sociales de identidad a esta lucha, aunque para esto tengamos que dejar de lado los símbolos feministas, ya que “una política radical se mide por sus resultados, y el mejor indicador del éxito político, sobre todo cuando no se cuenta con más armas que la propaganda y la movilización, es la capacidad de crear contradicciones en el adversario”3, porque si hasta ahora movilizamos a diez, veinte, cincuenta personas –que encima son las mismas de siempre–, y ser tácticos nos permitiría hacerlo con doscientas, quinientas o mil, más nos vale empezar a pensar cómo ser tácticos y “construir pueblo”4.





1 Estudiante de la licenciatura en Ciencia Política, Universidad de Guanajuato. 
Twitter: @Pakoescamilla
2 Iglesias, P. (2014) “Disputar la Democracia”, Madrid: Akal. Página 27.
3 Ídem
4 Título de libro de Íñigo Errejón y Chantal Mouffe.

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