DUELE, LUEGO EXISTO (68-18)
Mas he
aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele,
luego es verdad. Sangre con sangre.
Y si la
llamo mía traiciono a todos.
Rosario Castellanos
Duele, luego existo (68-18)
Irani Larios
El lenguaje es
maravilloso, nos permite nombrar lo intangible, algo que sabemos que existe,
pero no sabemos exactamente porqué o cómo. Por ejemplo, dos palabras que me
gustan son “memoria” y “utopía”.
Memoria, “un
depósito en que bullen, y a la vez eclipsan o sedimentan, los recuerdos que
hacen posible la definición de existencia en un presente”[1].
En otras palabras, lo que hace posible definirnos ahora mismo, que da nitidez a
nuestra existencia: la capacidad de vincular el pasado con nuestro presente.
Somos porque fuimos y seremos porque somos.
La Utopía, el lugar
que no existe, lo deseable (el anhelo, la esperanza); como el mejor de los
mundos posibles que podemos imaginar. La utopía hacia la que caminamos y, sin embargo, nunca podremos
alcanzar, no porque no avancemos, sino por la capacidad infinita de pensar un
lugar mejor.
El pasado 2 de octubre se dio lugar a la marcha
conmemorativa de los 50 años de la masacre en la Plaza de las Tres Culturas en
Tlatelolco. El movimiento del 68 estaba conformado por estudiantes, profesores,
campesinos, intelectuales, amas de casa, entre otros agentes de la sociedad y
demandaban la libertad de presos políticos, mayores libertades políticas y
civiles, así como la democratización del Estado y el fin del autoritarismo del
gobierno del Partido Revolucionario Institucional. Los estudiantes, en
particular, exigían la desarticulación del cuerpo de granaderos, así como la
destitución de los jefes de la policía preventiva que habían ocupado algunas
escuelas desde la mitad del año en cuestión, entre otras cosas. Todo se
perpetró el 2 de octubre, diez días antes de la inauguración de los Juegos
Olímpicos en nuestro país, mediante la Operación Galeana.
Marchamos alrededor de 45 mil personas desde
Tlatelolco hacia el Zócalo capitalino. Pusimos el cuerpo porque es lo único que
tenemos para manifestarnos, eso y la rabia y sed de justicia y seguridad.
Marchamos con pancartas, música, bailes, consignas, banderas (multicolor,
negras, verde/blanco/rojo) y en medio de ese caos, se podían observar destellos
de performances. Aquello era una marcha, pero parecía un happening.[2]
Nada estaba deliberado en su conjunto, no podíamos controlar lo que el otro
hacía, no estaba premeditado: todos éramos espectadores y actores al mismo
tiempo.
Se oían las consignas recurrentes: “¿por qué nos
asesinan? si somos la esperanza de América Latina”, y al terminar se agregaba:
“y tiemblen los machistas, que América Latina será todo feminista”. Los que nos
reunimos aquella tarde, pensamos, con palabras como “Esperanza” o “será”, mejores mundos posibles. Mientras marchamos
juntos al Zócalo, pensamos la utopía.
También, se pudo ver que la marcha del 2 de octubre
ya no sólo representa al movimiento estudiantil de 1968, sus muertos y
desaparecidos, en las consignas estuvieron todos los violentados que siguieron,
incluidos los 43 normalistas de Ayotzinapa. La lucha del 68 se ha convertido en
la madre de todas las luchas. Durante la marcha sucedió una homogeneización de
movimientos, y no es que se quiera enfrascar todo en el mismo recipiente, sino
que ése año fue un parteaguas para señalar al Estado como lo que es:
responsable de crímenes e injusticias.
Quizá no pensamos que marchar va a cambiar al mundo,
pero juntarnos para conmemorar es un acto significativo. La marcha del 2 de
octubre rompe con la cotidianidad de la ciudad, tal subversión, siempre
predecible, se hace para recordar y sostener, que no perdonamos ni olvidamos.
Marchamos porque Tlatelolco somos todos, porque nunca hemos estado exentos de
no serlo.
Considero que la capacidad de sentir indignación
ante un acto de injusticia es lo que nos hace sentir vivos, espero que el deseo
y la lucha por un mejor país sean las causas por las que vivimos. El 2 de
octubre no se olvida, y si olvidamos, que sea porque ya no existimos, nunca por
indiferencia.
“Donde hay vida, hay lucha”
[1] Ricardo García Duarte, Asbalón Jiménez
Becerra & Jaime Wilches Tinjacá, eds. Entre
la memoria y el olvido. (Bogotá: Universidad Distrital Francisco José de
Caldas, 2012), 18-19.
[2] “Término acuñado
por Allan Kaprow en 1959. Es una manifestación colectiva
que requiere la participación activa del público y en la que el proceso tiene
tanto interés, si no más, que el resultado” (https://www.ecured.cu/Happening)


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